Cualquiera que lea sobre medios de comunicación podría suponer que existen, al menos, dos facciones en el periodismo: una que rechaza cualquier cambio en el método clásico de elaboración de la información; y otra que desea justamente lo contrario: acabar hasta con el último resquicio del periodismo tradicional y reinventarlo desde cero.
¿La conservadora y la rupturista? Llámenlas como quieran, pero hay algún otro adjetivo que podría aplicarse a ambas, simúltáneamente. A mí se me ocurre uno: irresponsables. Los unos, por negar los avances tecnológicos que puedan mejorar el modo que la información se hace y se distribuye a la sociedad. La misma tecnología que trajo, entre otras cosas, la imprenta a la que se aferran y de la que también renegaron los sectores más reaccionarios de la sociedad de hace seis siglos.
Irresponsables los otros, por pretender que el periodismo es un pasatiempo y no un oficio que necesita mucho tiempo, dedicación y recursos. Tirar por el desagüe todo el bagaje conseguido por la prensa en su historia, sólo por darse un baño de pseudomodernidad, parece del género bobo.
En resumidas cuentas, los unos reniegan de herramientas poderosísimas para investigar mejor, y los otros reniegan de un oficio poderosísimo que les permitiría investigar mejor. ¿Adivinan quiénes aplauden y jalean a ambos bandos? Sí, precisamente, quienes deberían ser objeto de investigación. Tienen que estar partidos de risa con este asunto.

Cualquiera que lea sobre medios de comunicación podría suponer que existen, al menos, dos facciones en el periodismo: una que rechaza cualquier cambio en el método clásico de elaboración de la información; y otra que desea justamente lo contrario: acabar hasta con el último resquicio del periodismo tradicional y reinventarlo desde cero.

¿La conservadora y la rupturista? Llámenlas como quieran, pero hay algún otro adjetivo que podría aplicarse a ambas, simultáneamente. Por ejemplo, irresponsables.

Irresponsables los primeros, por negar los avances tecnológicos que puedan mejorar el modo en que la información se hace y se distribuye a la sociedad. La misma tecnología que trajo, entre otras cosas, la imprenta a la que se aferran y de la que también renegaron los sectores más reaccionarios de la sociedad de hace seis siglos.

E irresponsables los segundos, por pretender que el periodismo es un pasatiempo y no un oficio que necesita mucho tiempo, dedicación y recursos. Tirar por el desagüe todo el bagaje conseguido por la prensa en su historia, sólo por darse un baño de pseudomodernidad, parece del género bobo.

En resumidas cuentas, los unos reniegan de herramientas poderosísimas para investigar mejor, y los otros reniegan de un oficio poderosísimo que les permitiría investigar mejor. ¿Adivinan quiénes aplauden y jalean a ambos bandos? Sí, precisamente, quienes deberían ser objeto de investigación. Tienen que estar partidos de risa con este asunto.

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Un comentario sobre el artículo

  1. cristina de pablo dice:

    Desde luego, los que debieran ser investigados por periodistas en cumplimiento de su deber, están frotándose las manos. Pero éste es sólo uno de los muchísimos problemas que acosan a la profesión. La primacía de la empresa, los despachos y la publicidad sobre la independencia de la redacción, la escasez de plantillas y presupuesto, que obliga a los becarios a ejercer el “periodismo dossier”. Y en qué consiste esta práctica perversa? Hasta ahora, se aplicaba solamente a los famosos dossieres que partidos políticos utilizaban contra sus adversarios, pero hay una dimensión mucho más legal y sutil; es decir, el periodismo que no sale a la calle, que no se mueve de la mesa ni levanta la vista más allá del ordenador y de las carpetas de prensa que gabinetes de Comunicación y Relaciones Públicas utilizan para promocionar sus productos. ¿Hacen mal estas empresas de comunicación y prensa? No, ellos hacen su trabajo, y legítimamente; quienes dejan de hacer el suyo son los periodistas que reciben la información y la publican tal cual (a veces hasta con el mismo título): sin contrastar, sin relacionar, sin aportar nada propio y personal que la diferencie de la publicada en otra publicación.



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