La cadena pública británica British Broadcasting Corporation (BBC) estudia un plan de recorte de personal e infraestructuras a gran escala, según publica el diario londinense The Times.  Los responsables de la cadena pretenden, así, “mejorar la calidad”.  O eso dicen.

Entre otras medidas de recorte, la BBC planea cerrar dos emisoras de radio, abandonar gran parte su programación juvenil y reducir su edición digital a la mitad y la plantilla y el presupuesto de ésta en una cuarta parte. Además aumentará el número de enlaces en su web a artículos de periódicos, para incrementar el tráfico de las ediciones digitales de la prensa rival.

El plan -elaborado por John Tate, coautor junto con David Cameron del manifiesto del Partido Conservador en 2005- será presentado el próximo mes, para regocijo también de los medios digitales estadounidenses que estudian colocar su contenido tras un muro de pago.

BBC Online supone una grave amenaza para estos medios, pues la cadena pública no puede cobrar por su contenido en la red -se financia por medio de un canon sobre los televisores y otros aparatos receptores vendidos en Reino Unido- y supone una alternativa informativa muy seria en el mundo anglohablante. Si los lectores disponen de buena información gratuita, ¿por qué pagarían la suscripción a un diario?

Con su plan de recorte, la BBC prefiere mutilarse sin compasión, antes de que los rivales se lancen a su cuello, por distorsionar la competencia. Y es que cuando las cadenas públicas hacen bien su trabajo, se convierten indefectiblemente en un problema. Solución: Hacerlas más feas o, mejor, espantosas. El país que creó un modelo sostenible de información pública parece ahora decidido a que la calidad no sea un asunto que pueda estorbar al mercado.

“Imagine que se sienta con un café delante de su computadora para leer el periódico del día, algo que no estaría tan lejos como pudiera creerse”. Así comienza un reportaje de la cadena de televisión californiana KRON que se ha hecho muy famoso en YouTube y que da cuenta de una novedosa iniciativa, de 1981, que pretendía digitalizar los periódicos para su envío a los entonces escasísimos propietarios de un ordenador personal.

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El sistema, originario del servicio telemático Compuserve y probado por varias cabeceras de la época, costaba 24 dólares al mes y tardaba dos horas y media en transferir la información del periódico al destinatario, gracias a un flamante módem al que había que acoplar el auricular del teléfono. Ni las fotografías ni las viñetas ni los anuncios se enviaban por este medio, pues se habrían necesitado varios días para transferir una sola edición del diario.

La pieza está plagada de entrañables comentarios y graciosas anécdotas -al menos, hoy nos lo parecen- con un cierto trasfondo de premonición cumplida. Como la de Richard Halloran, un ciudadano de San Francisco que es acreedor de una cualidad excepcional para la época -“Posee un ordenador personal”- y que se maravilla no sólo de recibir de los artículos a través del teléfono, sino también de la posibilidad de “imprimirlos”.

O la de David Cole, responsable de volcar electrónicamente la edición diaria del The San Francisco Examiner, que explica que se trata de un experimento del que se desconoce el impacto que pudiera tener en editores, periodistas y usuarios. “No estamos en esto para hacer dinero y probablemente no perdamos demasiado”, señala.

Al final, el periodista apunta que “los ingenieros predicen que llegará el día que recibamos todos los periódicos y revistas en nuestros ordenadores personales”. “Pero para eso quedan unos años”, añade, mientras las imágenes muestran a un repartidor de periódicos quien “de momento, no tendrá que preocuparse por perder su trabajo”.

Casi 30 años más tarde, no sólo el repartidor se preocupa por perder su trabajo.

Cualquiera que lea sobre medios de comunicación podría suponer que existen, al menos, dos facciones en el periodismo: una que rechaza cualquier cambio en el método clásico de elaboración de la información; y otra que desea justamente lo contrario: acabar hasta con el último resquicio del periodismo tradicional y reinventarlo desde cero.
¿La conservadora y la rupturista? Llámenlas como quieran, pero hay algún otro adjetivo que podría aplicarse a ambas, simúltáneamente. A mí se me ocurre uno: irresponsables. Los unos, por negar los avances tecnológicos que puedan mejorar el modo que la información se hace y se distribuye a la sociedad. La misma tecnología que trajo, entre otras cosas, la imprenta a la que se aferran y de la que también renegaron los sectores más reaccionarios de la sociedad de hace seis siglos.
Irresponsables los otros, por pretender que el periodismo es un pasatiempo y no un oficio que necesita mucho tiempo, dedicación y recursos. Tirar por el desagüe todo el bagaje conseguido por la prensa en su historia, sólo por darse un baño de pseudomodernidad, parece del género bobo.
En resumidas cuentas, los unos reniegan de herramientas poderosísimas para investigar mejor, y los otros reniegan de un oficio poderosísimo que les permitiría investigar mejor. ¿Adivinan quiénes aplauden y jalean a ambos bandos? Sí, precisamente, quienes deberían ser objeto de investigación. Tienen que estar partidos de risa con este asunto.

Cualquiera que lea sobre medios de comunicación podría suponer que existen, al menos, dos facciones en el periodismo: una que rechaza cualquier cambio en el método clásico de elaboración de la información; y otra que desea justamente lo contrario: acabar hasta con el último resquicio del periodismo tradicional y reinventarlo desde cero.

¿La conservadora y la rupturista? Llámenlas como quieran, pero hay algún otro adjetivo que podría aplicarse a ambas, simultáneamente. Por ejemplo, irresponsables.

Irresponsables los primeros, por negar los avances tecnológicos que puedan mejorar el modo en que la información se hace y se distribuye a la sociedad. La misma tecnología que trajo, entre otras cosas, la imprenta a la que se aferran y de la que también renegaron los sectores más reaccionarios de la sociedad de hace seis siglos.

E irresponsables los segundos, por pretender que el periodismo es un pasatiempo y no un oficio que necesita mucho tiempo, dedicación y recursos. Tirar por el desagüe todo el bagaje conseguido por la prensa en su historia, sólo por darse un baño de pseudomodernidad, parece del género bobo.

En resumidas cuentas, los unos reniegan de herramientas poderosísimas para investigar mejor, y los otros reniegan de un oficio poderosísimo que les permitiría investigar mejor. ¿Adivinan quiénes aplauden y jalean a ambos bandos? Sí, precisamente, quienes deberían ser objeto de investigación. Tienen que estar partidos de risa con este asunto.

Llega el fin de 2009 y los medios se llenan de listas de “los más”, “los mejores”, “los imprescindibles” sitios web de este año, mientras elaboran atrevidos pronósticos sobre lo que veremos durante 2010. En el mundo de la prensa digital siempre es muy arriesgado apostar, incluso sobre el futuro inmediato, pero de las 25 entrevistas que he realizado durante estos casi seis meses de trabajo en ABC.es, puede deducirse que los principales protagonistas del próximo año serán los nuevos medios sin ánimo de lucro, los dispositivos móviles, la información local -incluso, ‘hiperlocal’- y la desaparición o reconversión de los medios tradicionales.

Unos augurios que casi siempre ponen el acento en la empresa informativa y en el soporte -en la forma- y eluden algunas cuestiones de fondo. Por ejemplo, parece claro el entorno económico y tecnológico del nuevo escenario mediático, pero ¿el futuro nos traerá mejor información, mejor periodismo?

Si el día de mañana tenemos un montón de organizaciones informativas económicamente sanas, que envían sus noticias través de diversos canales tecnológicos y consiguen llegar hasta el último ciudadano, será fantástico, pero ninguna de las características anteriores garantizará individual o conjuntamente la calidad de la información que reciba la sociedad. Hace falta algo más.

Una vez se supere el debate de la rentabilidad, imprescindible para la independencia de cualquier empresa informativa, deberían abordarse otros no menos relevantes, como la precarización del oficio periodístico, la atomización del discurso informativo y la muerte de las actas fundacionales de los medios, compromiso de su función social.

Así que cambio pronósticos por deseos y espero que el próximo año nos permita plantear estos y otros debates, desde este blog y con la palabra escrita. Feliz 2010.

No todos los días se ve a un magnate amenazar en público a uno de sus competidores. Sucedió hace doce días, cuando Rupert Murdoch, empresario australiano de los medios de comunicación, compareció en una de sus cadenas de televisión para avisar de una posible  retirada de todos los vínculos de sus cabeceras del buscador Google. La entrevista es un lujo. Un lujo ver la cara y los gestos de un magnate al plantear un asunto tan peliagudo; y un  papelón para el entrevistador de Sky News, a quien casi puede oírse tragar saliva antes de formular cada pregunta a su jefe.

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¿Qué quiere este señor? Sólo él lo sabe, pero algunos datos y reflexiones pueden ayudar a entender lo que pasa por su cabeza:

  • Murdoch es un magnate clásico. Se puso al frente de un diario familiar con sólo 22 años y desde entonces ha creado el mayor imperio mediático sobre la Tierra, que incluye periódicos, revistas, editoriales, estudios cinematográficos y cadenas de televisión y radio en varios países. Se llama News Corporation.
  • Sus medios han apoyado sin reservas a, entre otros políticos, Margaret Thatcher, Tony Blair, George W. Bush y José María Aznar, hoy asesor del magnate. La cadena estadounidense Fox News es actualmente el principal látigo mediático con el que Murdoch azota la espalda política de Barack Obama.
  • No se llega a magnate amenazando con que se van a hacer cosas, sino haciéndolas. Murdoch sabe muy bien que podría retirar los vínculos a sus medios en Google en sólo 10 minutos, como el buscador se encarga de recordarle periódicamente. Pero él no lo hace, todavía.
  • No se construye un imperio mediático regalando la información que produces, ni tan siquiera un titular enlazado en un buscador. Murdoch no acaba de entender bien eso de la economía de enlaces o el zumo de Google del que habla el bloguero y columnista Jeff Jarvis. Es su información y quiere cobrar por ella, como ha hecho siempre.
  • Un buen ejemplo de su forma de entender la red es el acuerdo publicitario que firmó con Google en agosto de 2006, por el que el buscador pagó 900 millones de dólares para indizar la red social MySpace, que sólo debería garantizar una cierta cantidad de tráfico, y otros medios de News Corp.
  • El acuerdo finaliza el año que viene y MySpace no ha cumplido su parte. Más bien al contrario, ha reducido su tráfico un 20% cada año. Google quiere renegociar el contrato en 2010, para pagar 50 millones anuales, en lugar de los 300 que le está costando el anterior pacto. No es de extrañar que Murdoch enseñe los dientes. Nada personal; sólo negocios.

Algunas preguntas para el debate:

  • ¿Qué pasaría si News Corp. retirara su medios de Google y se echara en brazos de su principal competidor, Bing, de Microsoft? Prácticamente nada, más allá de que Murdoch cumpliría el sueño de cobrar por sus vínculos.
  • ¿Qué pasaría si los principales medios estadounidenses, e incluso de otros países, siguieran el mismo camino? Probablemente, se trataría del primer gran golpe a la hegemonía del gigante de las búsquedas, que a partir de entonces debería cambiar, incluso, su lema: Organizar la información del mundo… menos la de los medios de información del mundo.
  • ¿Qué impacto tendría sobre los usuarios y las empresas esta situación? Desde luego, a Microsoft le encantaría dar semejante golpe al único rival que no ha podido doblegar. Pero los usuarios deberían acostumbrarse a buscar en Google para buscar en la red y a buscar en Bing para buscar en los periódicos. Una brecha nunca conocida y que probablemente desagradaría a todo el mundo, menos a Murdoch.

Por último, una pregunta tangencial e inquietante, en favor del magnate: ¿Por qué es un pecado que Murdoch quiera cobrar por sus enlaces en Google, pero es fantástico que Twitter quiera hacer exactamente lo mismo con sus tweets?

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